Imagem Ilustrativa
_

Artigos

Mas allá de la clínica protocolar en toxicomanía

MÁS ALLÁ DE LA CLÍNICA PROTOCOLAR EN LA TOXICOMANÍA

Adriano Martendal

Psicoanalista en Brasil, desarrolla su doctorado en Psicología Clínica en la Universidad de Buenos Aires.  Miembro Titular de la Asociación Argentina de Salud Mental. Coordinador del Grupo de Apoyo a Dependientes de Benzodiacepinas en la Gran Florianópolis. Autor de la obra A Escrita no Limiar do Sentido. ExJefe de Gabinete de la Secretaria de Estado de la Salud de Santa Catarina.

 

Artigo publicado na Revista Argentina de Salud Mental – Conexiones, em agosto de 2010.

 

 

Ponerse a hablar de la relación del adicto con las drogas es siempre el mayor desafío que se puede tener cuando el asunto es la toxicomanía. Pero se hace necesario, primero, decir de la naturaleza de la droga, sus acciones, la repercusión social, política, económica y legal que produce. Veamos algunos de esos aspectos.

 

 

La posmodernidad

 

Lo posmoderno es marcadamente reconocido por la pérdida de los referenciales conocidos hace pocas décadas, y por la actuación de un incómodo que perdura. El malestar, descripto por Freud en la década de 1930[1], puede ser tomado hoy de diversas maneras por diferentes sujetos. Eso ocurre en la subjetividad del sujeto al mismo tiempo en que hace parte de los debates públicos políticos y sanitarios. Los sujetos-ciudadanos esperan del Estado el control del uso de las drogas porque imaginan que sea una de sus preocupaciones, pero lo que pasa es que las acciones estatales están frecuentemente volcadas a ese combate para obtener control económico y político. Esa es la realidad de la intimidad del poder, que se contrapone a la expectativa ciudadana.

 

Si no hay más referencias, es posible decir a partir de eso que el uso de diferentes drogas por diferentes sujetos tampoco está calcada en una tabla reguladora. La existencia de las sustancias es muy antigua, pero la posibilidad inmediata de compra y uso en masa hace parte de una nueva época. Podría decirse que su función cambió porque nos ponemos a pensar en sus mecanismos de acción, sus efectos terapéuticos y adversos, su farmacocinética, las formas de bloqueo, la dosis recomendada para niños y ancianos …, finalmente, cambió porque hay un conjunto que apunta a la necesidad de comprender como actúa en el cuerpo – aquí tenemos una primera percepción.

 

Todos aquéllos que hacen parte de la clínica de la toxicomanía,  investigadores y adictos, desean saber algo. Si el adicto es alguien que, a priori, no sabe decir porque comenzó, en poco tiempo tiene la certeza que aquello que imaginaba libertarlo lo aprisionó. Se puede pensar, entonces, desde ya, que un adicto es alguien que perdió la capacidad de decirse a partir de sí mismo y de establecer parámetros para su sufrimiento – aquí tenemos una segunda percepción del cambio que se opera en la toxicomanía. Diciendo así, la droga es una sustancia capaz de provocar roturas subjetivas significativas. Mientras eso, una red de servicios médicos, asistenciales y epidemiológicos intentan dar cuenta de las perspectivas y de entender lo que pasa.

 

 

Níveles de atención

 

La institución volcada a la atención en drogadicción en todos los niveles de operación (prevención, asistencia, investigación, tratamiento y constante perfeccionamiento de recursos humanos), dejó de tener, hace algún tiempo, la perspectiva única del hogar asilar para tomar una función más difícil: la de la intervención. Esta, como sinónimo de clínica, exige acciones que van más allá del acompañamiento y del mantenimiento de parámetros clínicos y laboratoriales volcados a la “estabilidad” del adicto, planteando maneras de promover un pronóstico sostenido en la implicación del usuario considerando su contexto social y legal.

 

Así, vimos en la historia una secuencia de modelos preventivos[2] a veces criticados pero también utilizados a partir de la década de 40. Por primero, tuvimos el modelo médico sanitario, que tenía en la drogadicción un problema de la clínica médica como lo es la neumonía: como esa, tenía sus medios de prevención, y la drogadicción también podría prevenirse de manera sencilla. Esta percepción no permanecería así por mucho tiempo. Luego ganó el refuerzo del modelo ético-jurídico, que visaba sobretodo prohibir el consumo de drogas - el aparato estatal fue empleado para hacer valer el orden de “no a las drogas”[3]. El modelo psicosocial surgió en la década de 60, y llevaba a pensar en la prevención instaurada a partir de un síntoma individual junto a una sintomatología social - la responsabilidad por consumir tomaba una mayor dimensión. En la década de 70, el predominio del modelo sociocultural unido al valor socioeconómico surgió como de fundamental importancia para comprender las redes del consumo y del uso. Por fin, se puede decir que la herencia de todos los modelos constituyó la base de lo utilizado hoy en la prevención, en la reducción de daños y de todos los otros aspectos que cercan la drogadicción.

 

La propuesta hoy es de integralidad, buscando premiar a todos los segmentos de la vida del sujeto, sin jamás olvidar que la implicación primera es de origen singular – esta la entiendo como de carácter más puntual que aquella que designa las particularidades de un sujeto. Pero, como costosamente está presente, cabe a las instituciones públicas y privadas acompañar su desarrollo con propuestas y acciones sobre lo individual, lo familiar y lo social, lugares donde la escucha puede hacerse presente para sólo entonces proponer intervenciones.

 

 

 

 

 

La problemática legal

 

La problemática de la droga es actuante en todos los niveles - internacional, nacional y en las ciudades, pero también en todos los niveles subjetivos. En los dos aspectos, hay legislaciones que suelen decir lo que no hacer. De inicio, es necesario decir que se puede comprender los aspectos macropolíticos del narcotráfico si miramos para los micropolíticos del sujeto-adicto.

 

Resulta difícil hoy decir que país, o mejor dicho, que nación está alejada de la producción de drogas, o mismo del aparente e inocente préstamo del territorio para el transporte de grandes cargas. La América Latina se destaca en el contexto mundial, y ahí se incluyen Brasil, Perú, Colombia, Bolivia, México, Paraguay, Argentina y Venezuela[4]. En otros continentes hay también importantes países, pero podemos dejar esta discusión en nuestros barrios. En Brasil, dejan de existir puntos de ventas del narcotráfico, porque cualquier droga puede ser comprada con una coca-cola y un pancho – y eso no es un privilegio de los grandes centros.

 

La busca por cocaína, LSD, crack, éctasis y marihuana aumentan (ilícitas), pero aumentan también los índices de compras de drogas lícitas: alcohol, tabaco, … - los ansiolíticos fueron las medicinas más vendidas en Brasil después de los contraceptivos en 2008. Pienso poder decir que la droga es la sustancia que lleva al sujeto muy cerca de un límite que es insoportable – financiado por primero por su propia necesidad pulsional (una fuerza constante y anárquica que requiere una traducción singular) que precisa ser conocida por sí mismo.

 

En este contexto, la preocupación y la acción estatal no ganan expresión por emplear una manera primitiva de intervención: la represión y la punición - esa es la función del padre primitivo. Mientras tanto, si el Estado (en cualquier nivel) llega a salir de su función política ortodoxa y ofrece algo más que las letras de la ley, puede sorprender a todos – pequeños casos comienzan a ser conocidos en el mundo, con la divulgación de trabajos efectivos que se asemejan al que se pasa en la escucha clínica: un lugar posible de resurgimiento de lo que está reprimido.

 

 

Hay una pregunta que se puede plantear de este modo: ¿cuál es el peligro que se produce al emplear drogas? ¿a quién? Todos sabemos lo que ocurre en el campo social, jurídico y también familiar, pero quedamos siempre con la indagación – sin respuesta que pueda satisfacer – del peligro al que el sujeto se lanza al hacer con que una sustancia integre su subjetividad y su cuerpo. Y más: ¿dicho peligro exige una cura? Podríamos pensar que resta muy difícil la no responsabilización de un sujeto por su acto (lo que Freud llamó alma bella). El sentido común exige una consecuencia a eso: el castigo, una práctica penal muy antigua, pero que está alejada del propósito que intento delinear. Veamos lo que nos dicen Tendlarz y García: “Si el sujeto no reconoce su falta, no puede dar una significación a la sanción que se le aplica por el delito que cometió; de este modo, el castigo no modifica su acto criminal.”[5]

 

Es el momento de dar respuestas: el mayor peligro al que el sujeto está sometido es de caminar en la ilusión de la alienación – la supuesta irresponsabilidad. La cura - y el tratamiento posible, pasan por comenzar a preguntarse acerca de la función y del lugar que la droga ocupa en su existencia. Eso es un imperativo legal personal que apunta a tomar su deseo (narcotizado por las drogas hasta entonces) en las manos y a responsabilizarse por él.

 

 

El Psicoanálisis

 

El uso, la intoxicación aguda, la dependencia y la abstinencia forman un recorrido vacilante donde el adicto tiene poca posibilidad de saber lo que le ocurre, de rescatar sus propias perspectivas en relación al deseo narcotizado por las compañeras sustancias. El Psicoanálisis, frente a una infinidad de protocolos, va más allá de los criterios técnicos de análisis de los trastornos de intoxicación y de consumo de sustancias para preguntar: ¿qué lugar ejerce la droga en la subjetividad singular? ¿qué función ejerce en la vida del adicto? Y quizá ¿qué sabe el adicto de todo eso y qué puede decir acerca de esa especial relación? Inés Sotelo comenta: “Considero crucial para el analista, ubicar con qué significante un sujeto se siente representado, qué acontecimientos, qué rasgos, qué datos selecciona para presentarse. Suelen ser datos que se articulan con su posición subjetiva”[6].

 

No hay nosología capaz de delimitar un sujeto: lo que pasa en el momento anterior al consumo, durante el uso, en los efectos de su efecto, en el espacio entre un consumo y otro, son tiempos donde es posible pensar en el surgimiento de una implicación que permita romper el sueño reiterado por una pastilla más. Sin olvidar que la Epidemiología no formula cuestiones psicoanalíticas – porque no les son afectas, apenas el propio adicto podrá irrumpir en su discurso pedazos de verdad sobre lo que le pasa, independiente de su participación estadística en cualquier clasificación.

 

El uso tóxico y agudo de la cocaína, de la marihuana y del LSD, como tantos otros, provocan manifestaciones físicas y psíquicas que pueden pedir intervención clínica de contención. Esa no es exclusiva del cuerpo que vive intensa excitación motriz, sino del psíquico que vive el goce del caos pulsional que acirra el malestar. La busca de la droga, de la misma o de otra, es un intento de volver a vivir la satisfacción que no se sabe donde está, y que paradójicalmente se sabe que no está ahí – es en este punto que la intervención clínica actúa como limitante del goce.  Evocando a Freud, Jesús Santiago nos dice que la “satisfação obtida na tentativa desesperada de evitar o sofrimento carrega consigo, em contrapartida, a nocividade inerente à pulsão de morte”.[7]

 

En la concepción psicoanalítica, el adicto prescinde del Otro en su goce y vive en el real del cuerpo el daño que tiene causa en la sustancia, pero también que se origina del desenfrenado malestar donde insiste estar. Es lo que nos traen Helena Chada y Viviana Carew: “la sustancia intoxicante que se ingiere es en realidad una réplica mundana de la toxicidad de la pulsión”[8]. A ver, si hablamos en la relación de la droga con la pulsión, hablamos de la manera como el deseo circula y se hace notar. Aquí está el mayor tesoro para explorar: la función de la droga – lícita o no.

 

 

El más allá de la clínica protocolar

 

El uso de diferentes drogas a lo largo de la historia de la humanidad no es ajena a la historia del hombre. En este contexto, la clínica necesita, hace tiempo, ampliar su mirada, pues no solo cambió el consumo, sino los consumidores y sus intenciones. Por otro lado, la preocupación en el sentido común continúa de orden moral como en el siglo XIX. Evoco a Ariès & Duby, que se reportan aún a la peste de antaño:

 

Para debelar esta nova peste [alcohol] que desorganiza a família, contraria o imperativo da contenção, favorece o despovoamento, acelera a degeneração da raça, atiça a desordem social, atenta contra a grandeza da pátria, é conveniente antes de mais nada moralizar o proletário. Uma campanha antialcoólica se inicia; a partir de 1873 criam-se ligas que se apóiam na escola, na caserna, na vila-jardim para enquadrarem os lazeres operários.[9]

 

El lugar ofrecido por la droga es de goce, que tiene su espacio yuxtapuesto al del malestar. Es ahí que el sujeto es tragado por sí mismo, donde lo real se manifiesta de la manera más contundente - eso no sería diferente con las drogas lícitas. Si pensamos una vez más en la intoxicación, ¿no es esa una señal que se agotaron los mecanismos para lidiar con lo real de la angustia, causada por la falta de recursos subjetivos y por la imposibilidad del cuerpo soportarse?  Es necesario evocar aquí el recuerdo que el cuerpo a que me refiero no es aquél que está acostado en una cama, sino el cuerpo que sufre y pide intervención. Este cuerpo es el propio sujeto que desea y que vacila. Es lo que nos dice Eric Laurent: “El malestar no reside en un déficit sino, más bien, en un exceso de cargo por un goce obscuro que no llega a dejarse reconocer”[10].

 

La idea que pienso sea hegemónica en el más allá de la clínica es la de la presencia del otro. Conocemos las técnicas de tratamiento, las posibilidades genéticas, la amplitud de los datos estadísticos que intentan comprender algo y los determinantes sociales. Pero muchas veces olvidamos que el goce, que dispensa el lazo relacional. Si los informes establecen el promedio de ingreso en las toxicomanías a los 14 años, se puede pensar que hasta ahí, algo muy importante quedó por ser dicho y escuchado. Si el otro tiene la capacidad de evocar el deseo, podemos quedarnos con la buenísima definición de Juan Dobón: “un adicto no es aquel que ha perdido la voluntad y no puede controlar el consumo sino el que ha renunciado a preguntarse si existe otra voluntad”[11].

 

No existe la posibilidad de haber otra voluntad si falta un otro a direccionarla. Si sabemos que los tratamientos y las prevenciones no tienen éxito en muchos de los casos, si las derivaciones judiciales fracasan en casi la mitad de los casos y la permanencia en tratamiento es mínima, hay otro lado a mirar.  No confundamos los esfuerzos de los órganos gubernamentales con lo que se puede hacer en la clínica, o mejor dicho, que es debido en la clínica. Los últimos indicativos investigativos retoman un eje antiguo de trabajo: la participación, en la recuperación del adicto, de una presencia marcante - suele aparecer con el nombre de “familia” (según Freud, el lugar de origen de las neurosis).

 

Para finalizar, es fundamental en cualquier proposición de tratamiento el rescate de la función de la droga, de la función del otro y de la calidad del lazo que ahí se establece. Eso es ir más allá de los números, de las prescripciones y de las derivaciones, es proponer un retorno al deseo, y si hablo así, dijo también de un retorno al Otro.

 

Esa es la tercera y última percepción que me propongo: el cambio de dirección – no en todo lo que está puesto y duramente desarrollado a lo largo del tiempo, sino en la intensificación de la presencia en lo que llamamos tratamiento, a través del simple pero importantísimo ofrecimiento del recuerdo de la existencia de otra posibilidad al sujeto - y eso se opera con la escucha del Otro por un otro que porta su Otro.

 

A partir de ahí se rescata en el sujeto, la posibilidad de reconocerse en su deseo, lo que es  imposible de integrar cualquier método protocolar.

 

 

 


REFERÉNCIAS BIBLIOGRÁFICAS

 

 

ÁRIES, Philippe; DUBY, Georges. História da Vida Privada 4. São Paulo: Companhia das Letras, 1991.

 

CHADA, Helena; CAREW, Viviana in DELGADO, Osvaldo (Comp.). Los Bordes en la Clínica. Buenos Aires: JVE, 1999.

 

DE LA CÁRCOVA, Claudio Gutiérrez. La Problemática de la droga a nivel mundial y nacional. Tráfico, tenencia, consumo, aspectos legales. Asociación Argentina de Salud Mental, 2010.

 

DOBÓN, Juan. Patologias del Consumo. Drogadependencias. Abordajes Múltiples. Biblioteca Médica Digital. AMA.

 

GHIA, Rubén. Prevención y drogadicción. Una perspectiva integral de intervención en el marco de una institución pública para adictos a drogas. Asociación Argentina de Salud Mental, 2010.

 

LAURENT, Eric. Psicoanálisis y Salud Mental. Buenos Aires: Tres Haches, 2000.

 

SANTIAGO, Jésus. A droga do toxicômano – uma parceria cínica na era da ciência. Rio de Janeiro: JZE, 2001.

 

SOTELO, Inês. Clínica de la Urgencia. JCE: Buenos Aires, 2007.

 

TENDLARZ, S. E.; GARCÍA, C. D. ¿A quién mata el asesino? Psicoanálisis y Criminología. Buenos Aires: Grama Ediciones, 2008.

 

 

 

 


[1] El Malestar en la Cultura.

[2] Segun la clasificación de Helen Nowlis, como recuerda Rubén Ghia en su recorrido “Prevención y drogadicción. Una perspectiva integral de intervención en el marco de una institución pública para adictos a drogas”. AASM, 2010.

[3] Lema empleado hasta hoy en Brasil: “Não às drogas!”.

[4] Información ofrecida por Claudio Gutiérrez de la Cárcova, in “La Problemática de la droga a nivel mundial y nacional. Tráfico, tenencia, consumo, aspectos legales”. AASM, 2010.

[5] Tendlarz, S. E.; Garcia, C. D. ¿A quién mata el asesino? Psicoanálisis y Criminología. Buenos Aires: Grama Ediciones, 2008, p. 56.

[6] Sotelo, Inês. Clínica de la Urgencia. JCE: Buenos Aires, 2007, p. 143.

[7] Santiago, Jésus. A droga do toxicômano – uma parceria cínica na era da ciência. Rio de Janeiro: JZE, 2001, p. 107.

[8] Chada, Helena; Carew, Viviana in Delgado, Osvaldo (Comp.). Los Bordes en la Clínica. Buenos Aires: JVE, 1999, p. 160.

[9] Áries, Philippe; Duby, Georges. História da Vida Privada 4. São Paulo: Companhia das Letras, 1991, p. 579.

[10] Laurent, Eric. Psicoanálisis y Salud Mental. Buenos Aires: Tres Haches, 2000, p. 106.

[11] Dobón, Juan. Patologias del Consumo. Drogadependencias. Abordajes Múltiples. Biblioteca Médica Digital. AMA.

< voltar